Por Jorge Meléndez
El día de ayer, en nuestra congregación, llegamos a la pregunta 31 del Catecismo de la Nueva Ciudad: «¿Qué creemos mediante la fe verdadera?». La respuesta comienza diciendo: «Todo lo que nos enseña el evangelio», y posteriormente recurre al Credo de los Apóstoles para resumir el contenido fundamental de esa fe:
«Creemos en Dios el Padre Todopoderoso, Creador del cielo y la tierra; y en Jesucristo su único Hijo, Señor nuestro, quien fue concebido por el Espíritu Santo, nacido de la virgen María, sufrió bajo Poncio Pilato, fue crucificado, murió y fue sepultado. Él descendió al infierno. Al tercer día resucitó de los muertos. Ascendió al cielo y está sentado a la diestra de Dios el Padre Todopoderoso; de ahí vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos. Creemos en el Espíritu Santo, la santa iglesia católica, la comunión de los santos, el perdón de pecados, la resurrección del cuerpo y la vida eterna».
Precisamente una de esas expresiones produjo algunas preguntas: ¿por qué una iglesia evangélica y protestante confiesa creer en «la santa iglesia católica»? ¿No significa eso que estamos afirmando pertenecer a la Iglesia Católica Romana?
La respuesta es no. Sin embargo, vale la pena explicar por qué, pues comprender correctamente esta expresión nos ayuda a recordar que la Iglesia de Jesucristo es mucho más antigua y mucho más grande que nuestras denominaciones modernas.
¿Qué significa la palabra «católica»?
La palabra «católica» proviene del griego katholikós (καθολικός), relacionado con la idea de aquello que es universal, general o que pertenece al conjunto. Por eso, cuando los cristianos antiguos comenzaron a hablar de la «Iglesia católica», no estaban utilizando la expresión exactamente en el sentido denominacional que muchas personas le damos actualmente. Hablaban de la Iglesia universal de Jesucristo.
Encontramos un uso muy temprano de esta expresión en Ignacio de Antioquía, a comienzos del siglo II. En su carta a los cristianos de Esmirna escribió: «Donde está Jesucristo, allí está la Iglesia católica». Esto resulta históricamente importante porque demuestra que el término «católico» forma parte del vocabulario cristiano desde muchos siglos antes de la Reforma protestante y de las divisiones denominacionales que conocemos actualmente.
Cuando el Credo afirma que creemos en «la santa iglesia católica», por tanto, católica significa fundamentalmente universal. Confesamos que Cristo tiene una Iglesia formada por todos aquellos que verdaderamente le pertenecen.
Entonces, ¿somos católicos?
En ese sentido histórico y teológico, sí. Somos católicos porque creemos en una Iglesia universal. Pero no somos católicos romanos, y esta distinción es importante.
En el uso contemporáneo, la expresión «Iglesia Católica» normalmente identifica a la comunión eclesial que reconoce la autoridad del obispo de Roma —el papa— y las doctrinas y estructuras propias del catolicismo romano. Nosotros no pertenecemos a esa comunión ni aceptamos varias de sus doctrinas distintivas.
Como cristianos protestantes, sostenemos que la autoridad final para la doctrina de la Iglesia se encuentra en las Escrituras y afirmamos las doctrinas centrales recuperadas y defendidas durante la Reforma, particularmente que nuestra justificación delante de Dios es por gracia, mediante la fe, sobre la base de la obra de Cristo.
Por eso podemos decir, sin contradicción, que somos católicos, pero no romanos. Somos católicos porque pertenecemos a la Iglesia universal de Jesucristo. No somos romanos porque no reconocemos al obispo de Roma como cabeza visible universal de la Iglesia ni aceptamos aquellas doctrinas que consideramos contrarias o añadidas a la enseñanza de las Escrituras.
La Iglesia no comenzó con la Reforma
Esta aclaración también nos protege de un error histórico frecuente: pensar que la Iglesia protestante comenzó simplemente con Martín Lutero en 1517. La Reforma protestante comenzó en el siglo XVI; la Iglesia de Cristo, no.
Los reformadores no pretendían fundar una nueva religión. Su propósito declarado era reformar la Iglesia conforme a la Palabra de Dios. Por esa razón conservaron y confesaron elementos fundamentales de la tradición cristiana antigua, incluyendo los grandes credos de la Iglesia, en cuanto consideraban que expresaban fielmente la enseñanza bíblica.
Nuestra historia, entonces, no comienza con Lutero, Calvino ni con algún movimiento evangélico moderno. Nuestra fe está arraigada en el evangelio anunciado por Cristo y sus apóstoles. Pablo describe a la Iglesia como edificada «sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo Cristo Jesús mismo la piedra angular» (Efesios 2:20).
Esto conecta directamente con el texto bíblico que acompaña la pregunta 31 del Catecismo de la Nueva Ciudad. Judas exhorta a los creyentes a luchar «ardientemente por la fe que de una vez para siempre fue entregada a los santos» (Judas 3). Existe, entonces, una fe cristiana que hemos recibido. No tenemos autoridad para reinventarla; somos llamados a conocerla, confesarla, defenderla y transmitirla.
¿Por qué utilizamos el Credo de los Apóstoles?
Aquí también es necesaria una aclaración histórica. El Credo de los Apóstoles no fue escrito conjuntamente por los doce apóstoles, como si un día se hubieran reunido para redactarlo. Su forma actual se desarrolló históricamente a partir de antiguas confesiones de fe utilizadas por los cristianos, especialmente en contextos bautismales, y llegó a expresar de manera breve las doctrinas fundamentales recibidas de la enseñanza apostólica.
Por eso lo llamamos «Credo de los Apóstoles»: no porque necesariamente haya salido directamente de sus plumas, sino porque pretende resumir la doctrina apostólica.
Esto también explica por qué una iglesia protestante puede utilizar un credo antiguo sin colocar la tradición por encima de la Biblia. Cuando confesamos el Credo de los Apóstoles, nuestra autoridad final no es el credo; nuestra autoridad es la Escritura. Valoramos el credo precisamente en la medida en que resume fielmente lo que enseña la Palabra de Dios.
Los credos no sustituyen a la Biblia. Más bien, nos ayudan a expresar de manera resumida lo que entendemos que la Biblia enseña.
Una Iglesia santa
El credo no dice solamente «iglesia católica», sino «la santa iglesia católica». La Iglesia es santa porque pertenece a Dios y ha sido apartada para Él. Esto no significa que cada congregación o cada creyente sea moralmente perfecto. La historia de la Iglesia demuestra abundantemente lo contrario. Significa que Cristo ha apartado para sí un pueblo.
Pedro escribe: «Pero ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios» (1 Pedro 2:9). La santidad de la Iglesia, por tanto, no descansa en la perfección de sus miembros, sino en Aquel que la compró, la santifica y finalmente la presentará gloriosa delante de sí.
Cuando confesamos creer en una Iglesia santa, reconocemos que Dios está formando un pueblo que le pertenece y que ha sido llamado a reflejar su carácter en medio del mundo.
Una Iglesia universal y muchas iglesias locales
El Nuevo Testamento utiliza la palabra «iglesia» de diferentes maneras. Por un lado, encontramos congregaciones locales concretas: la iglesia en Corinto, las iglesias de Galacia, la iglesia de Tesalónica y muchas otras. Eran comunidades reales de creyentes que se reunían en lugares determinados, tenían liderazgo, practicaban las ordenanzas, recibían enseñanza y vivían en comunión unos con otros.
Pero el Nuevo Testamento también habla de la Iglesia como el pueblo completo de Cristo. Pablo dice que Dios puso a Cristo «por cabeza sobre todas las cosas para la iglesia, la cual es Su cuerpo» (Efesios 1:22–23).
Esto significa que nuestra congregación local no es toda la Iglesia. Somos una expresión local de algo mucho mayor. Cristo está reuniendo para sí un pueblo compuesto por creyentes de diferentes naciones, lenguas, culturas, épocas y lugares. Muchos de ellos nunca compartirán un culto dominical con nosotros en esta vida y, sin embargo, tenemos al mismo Señor, hemos sido salvados por el mismo evangelio y compartimos la misma esperanza.
Eso es precisamente lo que queremos expresar cuando hablamos de la catolicidad de la Iglesia.
Ser católicos no significa que la doctrina sea irrelevante
Hablar de una Iglesia universal tampoco significa afirmar que todas las personas o instituciones que utilizan el nombre «cristiano» necesariamente pertenecen a ella, ni que las diferencias doctrinales carezcan de importancia. La misma Iglesia antigua que habló de catolicidad también combatió vigorosamente las herejías y procuró distinguir la enseñanza apostólica de aquello que la contradijera.
La unidad cristiana nunca debe construirse ignorando la verdad. Por eso Judas 3 resulta especialmente importante en este contexto. Somos llamados a contender «por la fe que de una vez para siempre fue entregada a los santos».
La verdadera catolicidad cristiana no consiste en reducir la doctrina hasta encontrar un mínimo común denominador en el que todos puedan estar de acuerdo. Consiste en permanecer unidos a Cristo mediante la fe verdadera y permanecer fieles al evangelio que Él entregó a su Iglesia.
Podemos reconocer que la Iglesia de Cristo es más grande que nuestra propia congregación o denominación sin concluir por ello que todas las diferencias doctrinales sean secundarias o irrelevantes. La unidad y la verdad no son enemigas.
Cristo es la cabeza de la Iglesia
Finalmente, nuestra confesión de una Iglesia santa y católica tiene su centro no en una institución humana, sino en Jesucristo. La Iglesia pertenece a Cristo. Él mismo dijo: «Edificaré Mi iglesia» (Mateo 16:18), y Pablo afirma que «Cristo es cabeza de la iglesia, siendo Él mismo el Salvador del cuerpo» (Efesios 5:23).
Esta verdad debe transformar nuestra manera de pensar acerca de la Iglesia. Ningún pastor, denominación, tradición o generación puede reclamar para sí la propiedad de aquello que Cristo compró con su sangre. La Iglesia pertenece a Jesucristo, y nosotros pertenecemos a ella solamente porque pertenecemos a Él.
Por eso, cuando confesamos junto con los cristianos que nos precedieron: «Creo en la santa iglesia católica», no estamos diciendo que somos católicos romanos. Estamos haciendo una afirmación mucho más antigua y amplia: creemos que Jesucristo tiene una sola Iglesia, santa porque ha sido apartada para Dios y católica porque se extiende más allá de una congregación, una ciudad, una nación, una denominación y una época.
Somos protestantes. Somos evangélicos. Formamos parte de una iglesia local. Pero no creemos que el cristianismo haya comenzado con nosotros. Reconocemos con gratitud que formamos parte de una historia mucho mayor: la historia del pueblo que Cristo está redimiendo para sí.
En ese sentido histórico y cristiano podemos decir que somos católicos, porque pertenecemos a la Iglesia universal de Jesucristo; pero no somos romanos, porque nuestra autoridad final no se encuentra en Roma, sino en la Palabra de Dios, y reconocemos como cabeza suprema y universal de la Iglesia solamente a Jesucristo.
Así, lejos de ser una expresión que debamos evitar, confesar «la santa iglesia católica» nos recuerda una verdad preciosa: la Iglesia no comenzó con nosotros, no termina con nosotros y no nos pertenece a nosotros. La Iglesia pertenece a Cristo.
