Cuando nuestras expectativas sobre los demás gobiernan el corazón
Por Jorge Meléndez
Vaya título. En un momento me entenderás. Seguramente has escuchado, o quizá tú mismo has dicho, una frase como esta: “Todos me han lastimado”. En pocas palabras quedan al descubierto dolor, sufrimiento, frustración y decepción. Yo también me he identificado con esa expresión. Sin detenerme demasiado a pensar en todas sus implicaciones, alguna vez también la dije. ¿Alguna vez te has sentido defraudado por las personas más cercanas a ti? Pueden ser tus amigos, tus padres, tu esposa, tu esposo, tus compañeros de trabajo o incluso personas de la iglesia. Tal vez te esforzaste mucho por tener cierta clase de relación, pero las cosas nunca resultaron como imaginabas. No tuviste la amistad, el matrimonio o la familia que habías soñado. Quizá llegó un momento en el que dijiste: “No más”, y para no volver a ser lastimado comenzaste a encerrarte en ti mismo.
Entre mis 18 y 20 años atravesé una etapa parecida. Fue un tiempo complicado. Me sentía herido, decepcionado y, en ciertos momentos, pensaba que sería mucho más sencillo vivir solo y evitar relaciones profundas. Con el paso del tiempo he vuelto a pensar en aquella etapa y, al valorar algunas áreas de mi propia vida, he descubierto un problema que puede estar presente en muchos de nosotros. Quiero compartirlo contigo porque, aunque quizá ya hayas sufrido algunas de sus consecuencias, nunca es demasiado tarde para examinar nuestro corazón y aprender a pensar bíblicamente.
La mayoría de nosotros vive impulsada por determinadas expectativas. Tenemos metas, proyectos e imágenes de cómo suponemos que debería ser nuestro futuro. Dentro de esas expectativas incluimos relaciones: imaginamos cierta clase de matrimonio, determinada relación con nuestros hijos, padres o amigos. También imaginamos logros profesionales, estabilidad económica, una empresa, tranquilidad o simplemente una vida relativamente cómoda. Sin embargo, mientras avanzamos descubrimos algo: la vida real rara vez se parece exactamente a la vida que imaginamos. La esposa no fue exactamente como esperabas. El esposo tampoco. Tus padres cometieron errores. Tus amigos te decepcionaron. Tus hijos tomaron decisiones que nunca imaginaste. Las personas no cumplieron tus expectativas y entonces apareció la frustración.
Algunos atraviesan una etapa así y aprenden de ella. Otros permanecen atrapados allí durante años. La pregunta es cómo podemos responder bíblicamente y cómo tratar con nuestro corazón para no vivir dominados por el desánimo, la amargura o la decepción.
Una ilustración: el bovarismo
En psicología y literatura se ha utilizado el término “bovarismo” o “síndrome de Madame Bovary” para describir un sentimiento recurrente de insatisfacción producido por el contraste entre una realidad ordinaria y unas aspiraciones o fantasías desproporcionadas. El término proviene del personaje Emma Bovary, de la novela de Gustave Flaubert, quien construye grandes expectativas acerca del amor, la felicidad y la vida, para después encontrarse constantemente frustrada cuando la realidad no corresponde con aquello que había imaginado.
La observación puede servirnos como ilustración. ¿Quién no ha imaginado alguna vez una vida distinta de la que tiene? Pensemos, por ejemplo, en la famosa idea del “príncipe azul”. Alguien puede imaginar al hombre perfecto que llegará, la hará completamente feliz y finalmente satisfará todas sus necesidades emocionales. Pero después llega el matrimonio y descubre que aquel supuesto príncipe también se enoja, se cansa, es egoísta, tiene debilidades y lucha con su propio pecado. La fantasía y la realidad chocan.
Sin embargo, la Biblia nos lleva mucho más profundamente que el simple problema de las “expectativas irreales”. La Escritura nos enseña que detrás de muchas frustraciones relacionales existe un problema del corazón: nuestros deseos pueden convertirse en demandas. Santiago pregunta: “¿De dónde vienen las guerras y los conflictos entre ustedes? ¿No vienen de las pasiones que combaten en sus miembros?” (Santiago 4:1). El problema no consiste solamente en que deseemos cosas equivocadas. Muchas veces deseamos cosas buenas: queremos ser amados, escuchados, respetados y apreciados. El problema aparece cuando un deseo bueno se convierte en una demanda que comienza a gobernarnos.
Podemos comenzar pensando: “Quiero que me respetes”. Después ese deseo se convierte en: “Deberías respetarme”. Más tarde pensamos: “Necesito que me respetes”. Finalmente llegamos a la conclusión de que, si la otra persona no nos respeta como queremos, tenemos derecho a enojarnos, castigarlos con silencio, manipularlos o resentirnos. El deseo se convirtió en exigencia, y cuando las personas no cumplen nuestras demandas aparecen la frustración, el enojo, la manipulación, el resentimiento o la amargura. Por eso necesitamos algunas verdades bíblicas que nos ayuden a examinar correctamente nuestras relaciones.
Las personas no existen principalmente para satisfacer mis deseos
Debemos comenzar entendiendo que las relaciones no existen principalmente para nuestra satisfacción. Esto no significa que no podamos disfrutarlas. La amistad es una bendición, el matrimonio es una bendición, la familia es una bendición y Dios utiliza las relaciones para consolarnos, acompañarnos, animarnos y bendecirnos. El problema comienza cuando convierto a una persona en el medio por el cual espero obtener aquello que considero indispensable para ser feliz. Entonces dejo de amar y comienzo a utilizar.
Mi amigo debe comportarse como quiero. Mi esposa debe reaccionar como espero. Mi esposo debe llenar mis necesidades. Mis hijos deben hacerme sentir orgulloso. Mis padres deben darme aquello que pienso que me deben. Y cuando eso no sucede, me enojo. ¿Por qué? Porque muchas veces no estoy viendo a la persona como alguien a quien debo amar, sino como alguien que debería proporcionarme algo.
La Escritura describe claramente el problema del corazón humano. Todos hemos pecado y naturalmente somos inclinados a buscar nuestro propio interés. Por eso Pablo escribe: “No buscando cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses de los demás. Haya, pues, en ustedes esta actitud que hubo también en Cristo Jesús” (Filipenses 2:4-5). Aquí aparece el contraste. Nuestro corazón pregunta: “¿Qué puedo obtener de esta persona?”, mientras Cristo nos enseña a preguntar: “¿Cómo puedo amar a esta persona?”.
Por eso, cuando alguien tiene diferencias conmigo, necesito examinar mi propio corazón antes de concluir simplemente que esa persona es el problema. ¿Por qué estoy tan enojado? ¿Qué quería obtener? ¿Qué estaba esperando? ¿Qué pienso que esa persona debe hacer por mí? ¿Se convirtió un deseo legítimo en una exigencia? Nuestra esposa, esposo, novia, amigo, padre, madre, hijo o compañero no es un objeto diseñado para nuestra autorrealización, sino una persona hecha a imagen de Dios a quien debemos amar, respetar y tratar conforme a la Palabra.
No existen relaciones entre personas sin pecado
La segunda verdad parece obvia, pero frecuentemente vivimos como si no fuera cierta: no existen relaciones perfectas porque no existen personas perfectas. Todos somos pecadores. Esto significa que cada relación que tengamos estará formada por personas que todavía luchan con el pecado, incluyéndonos a nosotros mismos.
Es muy fácil reconocer las debilidades de otros y olvidar las nuestras. Me parece insoportable la impaciencia de otra persona, mientras justifico mi irritabilidad. Condeno su egoísmo mientras no veo el mío. Me ofende que no me escuche, pero pocas veces considero cuánto escucho yo. La doctrina bíblica del pecado debería producir humildad. No debería llevarnos a pensar que, como todos son pecadores, entonces nunca podemos esperar nada bueno de nadie. Eso tampoco sería correcto. El creyente está siendo transformado por la gracia de Dios, el Espíritu Santo produce fruto y nos conforma progresivamente a la imagen de Cristo. Pero también debemos entender que, mientras permanezcamos en este mundo, continuaremos luchando contra el pecado.
Por eso debemos tener expectativas bíblicas de las personas. Ni tu esposa es perfecta, ni tu esposo, ni tus padres, ni tus hijos, ni tus pastores, ni tus amigos, ni tú. Y aquí podemos volver al título. Quizá esperabas un príncipe azul y descubriste un enano. Pero hay una verdad todavía más incómoda: tú tampoco eres el príncipe de la historia; también eres otro enano.
La comparación no pretende negar la dignidad del ser humano, creado a imagen de Dios, sino recordarnos humildemente que ninguno de nosotros puede ocupar el lugar del Salvador perfecto. El único verdaderamente perfecto es Cristo. Cuando entendemos esto, dejamos de exigir de los seres humanos aquello que solamente Cristo puede darnos.
Haber sido lastimado realmente no significa que tus expectativas sean el único problema
Aquí necesitamos hacer una aclaración importante. Decir que debemos examinar nuestras expectativas no significa negar el pecado que otros han cometido contra nosotros. Hay personas que realmente han sido traicionadas. Hay esposos que han sido abandonados. Hay hijos que han sufrido profundamente por decisiones pecaminosas de sus padres. Hay personas que han experimentado manipulación, violencia, abuso, mentira o injusticia. La Biblia nunca nos pide fingir que el pecado no ocurrió ni minimizar el mal llamándolo simplemente “una expectativa no cumplida”.
Cuando alguien peca contra nosotros, debemos llamar pecado al pecado. Sin embargo, aun cuando hemos sido verdaderamente heridos, seguimos siendo responsables delante de Dios por nuestra propia respuesta. El pecado de otra persona no justifica mi pecado. Puedo haber sido verdaderamente lastimado y, al mismo tiempo, comenzar a responder con amargura, odio, deseos de venganza, manipulación o incredulidad. Por eso la pregunta bíblica no es solamente: “¿Qué me hicieron?”, sino también: “¿Qué está sucediendo ahora en mi corazón delante de Dios?”.
Cristo nos enseña una manera diferente de relacionarnos
Jesús vino a buscar personas pecadoras. Basta mirar a sus discípulos. Eran diferentes entre sí, tenían debilidades, discutían acerca de quién sería el mayor, entendían mal sus enseñanzas y, cuando Jesús fue arrestado, huyeron. Pedro incluso negó conocerlo. Cristo sabía perfectamente quiénes eran. No tenía expectativas ingenuas acerca de ellos. Sin embargo, los amó, los enseñó, los confrontó, los corrigió y tuvo paciencia con ellos. Después de la negación de Pedro, Jesús incluso buscó su restauración, como vemos en Juan 21.
Esto nos muestra una forma diferente de relacionarnos. Cristo no nos ama porque seamos suficientemente buenos para merecerlo. Romanos 5:8 dice: “Pero Dios demuestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”. Su amor es un amor de gracia, sacrificial e inmerecido. Eso no significa que Cristo ignore nuestro pecado. Precisamente porque nos ama, nos transforma, nos corrige, nos disciplina y nos llama al arrepentimiento. Esa misma gracia debe comenzar a moldear nuestras relaciones.
El evangelio nos enseña a perdonar y buscar reconciliación
Cuando tenemos un concepto bíblico del ser humano, podemos entender mejor por qué el perdón es indispensable en nuestras relaciones. Pablo escribe: “Sea quitada de ustedes toda amargura, enojo, ira, gritos, insultos, así como toda malicia. Sean más bien amables unos con otros, misericordiosos, perdonándose unos a otros, así como también Dios los perdonó en Cristo” (Efesios 4:31-32).
Observa que el modelo del perdón cristiano no es: “Perdona porque lo que te hicieron no fue tan grave”. Tampoco es: “Perdona porque la otra persona lo merece”. El modelo es Cristo. Perdonamos porque hemos sido perdonados. Esto no significa que perdón y reconciliación sean exactamente lo mismo. Hay situaciones en las que la reconciliación requiere arrepentimiento, confesión, cambios concretos y restauración de la confianza. Pero el creyente no debe alimentar deliberadamente la amargura. Debemos estar dispuestos a perdonar, confesar nuestro propio pecado y, hasta donde dependa de nosotros, buscar la paz y la reconciliación.
No conviertas a un enano en tu príncipe
Tal vez esta sea la idea que necesitamos recordar. Muchas de nuestras decepciones nacen porque esperamos de las personas algo que nunca fueron diseñadas para proporcionarnos. Queremos que una persona nos haga sentir completamente seguros. Queremos que otra nos haga sentir valiosos. Queremos que nuestro matrimonio nos haga plenamente felices. Queremos que nuestros hijos justifiquen nuestros sacrificios. Queremos que nuestros amigos nunca nos fallen. Y poco a poco colocamos sobre criaturas humanas expectativas que solamente Cristo puede soportar. Entonces terminamos decepcionados, no necesariamente porque las relaciones no tengan valor, sino porque les pedimos demasiado.
Tu esposo no puede ser Cristo. Tu esposa no puede ser Cristo. Tus padres no pueden ser Cristo. Tus hijos no pueden ser Cristo. Tus amigos no pueden ser Cristo. Y tú tampoco puedes ser Cristo para ellos. No somos príncipes. Somos personas débiles, limitadas y todavía en proceso de santificación. El único Príncipe verdaderamente perfecto es Cristo.
Por eso, si quieres construir relaciones fuertes, no comiences esperando encontrar personas perfectas. Comienza mirando honestamente tu propio corazón. Examina tus deseos y reconoce cuándo una expectativa se convirtió en una demanda. Confiesa tu propio pecado. No utilices a las personas como instrumentos para tu satisfacción. Ama, perdona, busca el perdón cuando hayas pecado y procura la reconciliación cuando sea bíblicamente posible. Sobre todo, deja de esperar de los demás aquello que solamente Cristo puede darte.
Quizá esperabas un príncipe y encontraste un enano. Recuerda algo: él probablemente también esperaba un príncipe en ti y encontró otro enano. Gracias a Dios, ninguno de los dos necesita ser el Salvador. Cristo ya ocupa ese lugar.
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