Esta semana volví a enfrentar algo que, tristemente, ya no me es ajeno: conversaciones difíciles, disculpas repetidas y una lucha que me ha acompañado por años. Lo que está detrás es más profundo de lo que parece. No es simplemente que quiero que las cosas salgan bien. Es que, en el fondo, deseo que todo se haga como yo creo que debe hacerse. Esa tendencia, que muchos podrían disfrazar de excelencia o exigencia, en mi caso tiene nombre: perfeccionismo.
El orgullo detrás del perfeccionismo
Ese perfeccionismo, cuando lo miro con claridad, es otra cara del orgullo. No es solo que quiero que las cosas salgan bien; es que me cuesta aceptar que alguien más lo haga diferente. Me descubro creyendo que mis métodos son más correctos, mis ideas más confiables y mis estándares más altos. Y aunque he reconocido esto ante el Señor y me he arrepentido de ese orgullo una y otra vez, todavía siento que tiene demasiado terreno en mi corazón.
Como pastor, eso duele. No solo porque sé que es pecado, sino porque afecta mi manera de tratar a los demás. Me vuelve mandón, impaciente, a veces hasta hiriente sin querer. Y aunque tengo avances —gracia que no minimizo—, esta lucha aún me mete en problemas. Me encuentro otra vez pidiendo perdón por las mismas actitudes, enfrentando las mismas tensiones y sintiéndome frustrado conmigo mismo.
Tal vez tú que estás leyendo no luchas con el orgullo como yo, pero sí te encuentras en la misma posición: cayendo en lo que pensaste que ya habías superado, viendo con tristeza que las mismas palabras, las mismas actitudes o las mismas reacciones siguen repitiéndose. Tal vez te sientes agotado por la batalla, desanimado por lo poco que parece cambiar.
Dios no ha terminado con nosotros
Pero lo que nos sostiene a ti y a mí es la misma esperanza: Dios no ha terminado con nosotros. El que comenzó la buena obra la perfeccionará. No nos salvó por error ni se arrepiente de habernos llamado. Esa obra de gracia no depende de qué tan bien llevamos el registro, sino de su fidelidad.
Filipenses 1:6 se ha convertido en mi consuelo en medio de esa pregunta:
“Estoy convencido de esto: que el que comenzó en ustedes la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús”.
Filipenses 1:6, NBLA
Pablo no estaba observando cristianos glorificados. Estaba viendo hermanos reales, con luchas reales, y afirmaba con convicción: Dios comenzó algo en ustedes y no lo dejará incompleto.
Esa es la clave: Dios empezó. No fue nuestra iniciativa, nuestra buena disposición ni nuestra habilidad espiritual. Fue su gracia. Y si Él comenzó, Él perfeccionará. No nos salvará a medias ni nos redimirá parcialmente. No se ha comprometido solo con el inicio de nuestra fe, sino con nuestro destino eterno.
Una salvación que llegará a su meta
Y ese destino ya ha sido declarado. Romanos 8:29–30 lo dice con claridad asombrosa:
“A los que de antemano conoció, también los predestinó a ser hechos conforme a la imagen de Su Hijo […] y a los que predestinó, a esos también llamó; y a los que llamó, a esos también justificó; y a los que justificó, a esos también glorificó”.
Romanos 8:29–30, NBLA
Dios nos predestinó a ser como Cristo, no simplemente a mejorar un poco. Y el verbo “glorificó” está en tiempo pasado, aunque el evento aún es futuro. ¿Por qué? Porque en la mente y el propósito de Dios es tan seguro que ya puede hablarse como cumplido.
Esa certeza me ha sostenido en días de cansancio, cuando me siento inconstante o vulnerable, o cuando otros me perciben como inestable sin entender lo que sucede en el trasfondo. Hay momentos en los que me siento bien: dormí bien, el sermón está listo, hay orden, y eso influye en mi ánimo. Pero cuando muchas situaciones se acumulan —y suelen hacerlo en el mismo momento—, me descubro batallando con las mismas reacciones.
Lo que me consuela no es pensar que un día yo por fin dominaré todo, sino que Cristo ya me ha comprado con su sangre y el Espíritu Santo está obrando, incluso cuando yo no lo veo claramente. La santificación no siempre se siente, pero siempre está en marcha en los hijos de Dios.
Seguir luchando con esperanza
A veces la gente puede ser hiriente. Uno puede escuchar muchos elogios, pero basta una corrección para que salgan a relucir aquellas áreas no resueltas. Duele que eso opaque lo demás. Pero el Señor me recuerda: “Yo estoy obrando en ti. Yo no te he soltado. Yo no me canso de ti”.
Eso me permite levantar la cabeza. No para justificarme, sino para seguir luchando con esperanza. No soy quien era hace cinco años. Y aunque todavía queda mucho que pulir, hay evidencia de que Dios está trabajando.
¿Y si no cambio nunca? No es una pregunta sin respuesta. La respuesta es que sí cambiaré, no porque yo tenga la fuerza, sino porque Dios ha prometido transformarme. Él ha prometido que un día me presentará irreprensible, sin mancha y con gozo delante de su gloria.
“Y a Aquel que es poderoso para guardarlos de caer y para presentarlos sin mancha en presencia de Su gloria con gran alegría, al único Dios nuestro Salvador, por medio de Jesucristo nuestro Señor, sea gloria, majestad, dominio y autoridad, antes de todo tiempo, ahora y por todos los siglos. Amén”.
Judas 24–25, NBLA
Para reflexionar
- ¿Qué debilidad o lucha persistente te hace dudar de que Dios aún está obrando en ti?
- ¿Cómo puedes hoy responder con humildad y confianza a la promesa de que Él perfeccionará lo que comenzó?
Fotografía: Elimende Inagella / Unsplash.



