Por José Armando Ortiz
Ver este documental me dejó triste, indignado y, sobre todo, reflexionando profundamente acerca del pastorado. No quiero entrar aquí en los detalles del caso, sino compartir algunas lecciones que considero importantes para quienes servimos en la iglesia de Cristo.
1. Querer ser pastor no significa que Dios te haya llamado a serlo
El llamado pastoral no es solamente interno: «Yo siento que Dios me llamó». También debe ser externo: la iglesia necesita reconocer en ese hombre las cualificaciones bíblicas requeridas para ejercer el oficio (1 Timoteo 3:1-7; Tito 1:5-9; 1 Pedro 5:1-5).
Por eso, la iglesia local debe contar con procesos claros y bien establecidos para examinar a quienes aspiran al ministerio pastoral. Dios no exige pastores perfectos, pues, si así fuera, no escogería a ningún hombre. Sin embargo, sí demanda pastores piadosos, sometidos a Cristo y gobernados por su Palabra.
2. Tener dones no significa tener carácter
Alguien puede predicar muy bien, liderar extraordinariamente y poseer muchísimo carisma, pero encontrarse espiritualmente enfermo. El pastorado tiene mucho más que ver con el carácter que con el carisma.
Dios se preocupa primeramente por quiénes somos cuando nadie nos ve. No basta con enseñar correctamente; el ministro debe procurar que su vida no contradiga aquello que predica. Los dones pueden impresionar a una congregación, pero solamente el carácter piadoso puede sostener un ministerio fiel.
3. Una iglesia exitosa no necesariamente es una iglesia saludable
Tener muchos asistentes, excelentes programas, grandes eventos y una experiencia espiritual emocionante no significa necesariamente que las personas estén creciendo a la imagen de Cristo.
El objetivo del ministerio es que los creyentes lleguen «a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo» (Efesios 4:13; Colosenses 1:28). El verdadero crecimiento y la salud de una iglesia no se miden solamente por su tamaño, sus recursos o su alcance, sino por la madurez espiritual de sus miembros.
4. Los pastores necesitan pastores
Un pastor que no cuenta con un verdadero cuerpo de ancianos ante el cual rendir cuentas puede vivir en pecado durante años mientras continúa predicando y realizando actividades ministeriales.
La pluralidad de ancianos y la rendición de cuentas no son obstáculos para el ministerio; son una protección para el pastor y para la iglesia (Hechos 14:23; Tito 1:5; 1 Pedro 5:1-4).
Un pastor nunca deja de ser una oveja. También necesita cuidado, exhortación, corrección y acompañamiento espiritual.
5. Nuestra casa importa más que nuestra plataforma
«Pues el que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?»
—1 Timoteo 3:5
El matrimonio, los hijos, la vida devocional y el carácter privado deben ocupar un lugar prioritario en la vida de un pastor piadoso.
Como algunos autores han señalado: «El ministerio en casa no puede sacrificarse en el altar del ministerio público». Ninguna plataforma, reconocimiento o logro ministerial puede justificar el abandono de aquellos a quienes Dios nos ha llamado a amar y cuidar en nuestro propio hogar.
6. Los miembros nunca deben encubrir el pecado de sus líderes
Los pastores no son «los ungidos intocables del Señor». Son miembros del cuerpo de Cristo y se encuentran bajo la autoridad de su Palabra.
Pablo incluso ordena que los ancianos que persisten en pecar sean reprendidos públicamente (1 Timoteo 5:19-20). Cuando un pastor ya no vive a la altura de las cualificaciones bíblicas para el oficio, debe ser removido del ministerio.
Proteger al líder a costa de las víctimas, de la verdad o de la santidad de la iglesia no es lealtad bíblica. La iglesia no le pertenece al pastor; le pertenece a Cristo.
7. El pragmatismo puede destruir a la iglesia
Que algo «funcione» no significa que sea bíblico. El éxito visible jamás debe convertirse en nuestro criterio supremo para medir la fidelidad.
Nuestra pregunta no debe ser solamente: «¿Está funcionando?», sino también: «¿Es fiel a Cristo y a su Palabra?».
Como el pastor John Piper ha señalado en numerosas ocasiones, el pastor no existe para construir su propia reputación o plataforma mediante su experiencia ministerial, sino para mostrar la supremacía de Cristo.
Cuando el ministerio comienza a girar alrededor del hombre, algo ya se ha desviado. Cuando solamente se hace lo que produce resultados, aunque contradiga la Escritura, algo esencial se ha perdido.
Todo ministerio debe girar alrededor de la persona y la obra de Jesucristo, ser impulsado por la Palabra y existir para la gloria de Dios Padre.
8. Todos necesitamos el Evangelio
Pastores, ancianos, diáconos, líderes, músicos y miembros necesitamos diariamente la gracia transformadora de Cristo. El ministerio no nos vuelve inmunes al pecado. Necesitamos vivir cada día en arrepentimiento y fe.
Spurgeon decía que la gracia diaria es absolutamente indispensable, porque el creyente no puede vivir hoy con la fuerza espiritual de ayer.
El único mediador entre Dios y los seres humanos es Jesucristo. Quienes ejercen el liderazgo también necesitan acudir a Él, depender de su gracia y someterse a su señorío; nunca deben pretender ocupar su lugar.
9. Las esposas de los pastores deben poder pedir ayuda
Guardar silencio para proteger la «imagen» del ministerio puede terminar protegiendo el pecado.
Si un pastor está viviendo de una manera indigna de su llamamiento, su esposa debe tener la libertad de buscar ayuda sabia y segura, tanto dentro como fuera de la iglesia. No debe ser presionada a callar para evitar un supuesto daño a la congregación o a la reputación del ministro.
Creo firmemente que las esposas de los pastores necesitan construir relaciones saludables con hermanas maduras en la fe que puedan acompañarlas durante temporadas difíciles. También deben tener la libertad de informar a los demás ancianos acerca de comportamientos pecaminosos o inapropiados de sus esposos.
La rendición de cuentas no destruye un ministerio. El pecado encubierto sí puede hacerlo.
10. El endurecimiento del corazón es algo terrible
«Tengan cuidado, hermanos, no sea que en alguno de ustedes haya un corazón malo de incredulidad, para apartarse del Dios vivo. Antes, exhórtense los unos a los otros cada día, mientras todavía se dice: “Hoy”; no sea que alguno de ustedes sea endurecido por el engaño del pecado».
—Hebreos 3:12-13
El pecado engaña. Promete satisfacción, produce esclavitud y endurece progresivamente el corazón. Por eso necesitamos corrección, confesión, arrepentimiento, comunidad y gracia.
Nadie debería pensar que está por encima de la exhortación o que jamás podría caer. Necesitamos escuchar la voz de Dios en su Palabra y recibir humildemente la corrección de nuestros hermanos.
Reflexión adicional: podemos engañar a otros, pero nunca a Dios
Los pastores podemos engañar a nuestra esposa, a nuestros hijos, amigos, compañeros y miembros de la iglesia, pero nunca podremos engañar a Dios.
Él conoce lo secreto, examina el corazón y sacará a la luz aquello que se ha mantenido oculto si persistimos sin arrepentirnos de nuestra vana manera de vivir. Esta realidad no solamente debe producir temor, sino también conducirnos prontamente a la confesión y al arrepentimiento.
Una reflexión final
Al terminar el documental, quizá la lección que más permanece conmigo es esta:
Aquellos que han sido llamados por Dios deberán esforzarse cada día en la gracia del Señor para perseverar fielmente en esta honorable labor.
El pastorado es un privilegio, pero también una responsabilidad solemne. No podemos ejercerlo dependiendo de nuestros dones, experiencia, personalidad o reconocimiento. Necesitamos permanecer cerca de Cristo, sometidos a su Palabra, acompañados por su iglesia y sostenidos por su gracia.
Que Dios nos conceda hacerlo.
Sobre el autor
Armando Ortiz sirve como pastor hispano de Heights Community Church, en Collinsville, Illinois. Cuenta con una Maestría en Teología con énfasis en Predicación Expositiva. Está casado con Gaby y es padre de cuatro hijos.



